La estrella
Había llegado el año
nuevo y, como ya era costumbre, salimos al centro
exacto del patio para contemplar el cielo. Titilaban
las estrellas que daba miedo, mientras que unas
nubes como de algodón se alejaban, dejando ver
perfectamente al año recién llegado.
De pronto,
la tía Amanda gritó espantada y salió corriendo
rumbo a una de las piezas, donde se refugió detrás
de una persiana. Todos salimos del patio con pánico
sin saber en realidad porqué, y nos metimos también
dentro de las piezas. La tía Porota atribuyó todo
esto a alguna alucinación de la tía Amanda, que se
la pasaba delirando. Pero no, no era así. La tía
Amanda había advertido el peligro. El abuelo Agustín
muy pronto lo confirmó: una estrella se había
desprendido de alguno de esos cablecitos que las
sostienen en el espacio, y venía a ochenta y la
comida a incrustarse en nuestro patio. Estábamos
todos llenos de asombro esperando el gran
encontronazo. Mi viejo pensaba en los daños que iba
a provocar semejante caída y en lo caro que le iba a
salir efectuar las reparaciones. Pero tendríamos una
estrella, agregó mi hermano Alito. Seríamos la única
casa del barrio con estrella propia, y con su luz
podríamos iluminar toda la terraza y organizar
bailes y partidos de truco hasta que saliera el sol.
El abuelo Agustín se había llevado el banquito a la
terraza y, subido a éste, nos transmitía
entusiasmado todas las alternativas del descenso de
la estrella, la cual se acercaba cada vez más a
nuestro patio. Los vecinos asomaban sus caras de
envidia desde los tapiales, a la vez que mi hermano
Alito tocaba con su acordeón "Desde el alma".La tía
Amanda seguía detrás de la persiana temblando y con
los ojos bien abiertos. El tío Armando le pedía a mi
vieja que le cebara unos mates, pero luego se acordó
de que para ir hasta la cocina había que cruzar el
patio donde ya estaba por caer la estrella y se dejó
de escorchar. La tía Virginia, mientras tanto,
pensaba en todo lo que iba a tener que limpiar
después que, cayera la estrella. La abuela Teresa
había cargado con todos los nietos y les contaba que
todas esas cosas en su época no sucedían, que los
piolines que sostenían a las estrellas eran de mejor
calidad que los de ahora porque se importaban de
Inglaterra, en cambio ahora los hacían de plástico
cortándose enseguida y produciendo la caída de
estrellas cada dos por tres. Entretanto mi vieja
había sacado todas las estampitas de los roperos
poniéndoles sobre la mesa del comedor, alrededor de
la cual todas mis tías se arrodillaban y rezaban.En
una de ésas sonó el timbre. Era don Salvador que
venía con una silla para acompañarlo al abuelo
Agustín, pero no lo dejamos entrar.
Queríamos
tener la exclusividad de la estrella para nosotros
solos, y desconectamos el timbre para que no
molestara más. Sin embargo don Salvador siguió
insistiendo dando fuertes golpes a la puerta
queriéndola tirar abajo; entonces salió mi viejo y
le dijo que no molestara más porque sino lo iba a
denunciar. Dicho esto, mi viejo volvió corriendo a
su puesto de observación, pues la estrella ya estaba
muy próxima a aterrizar; don Salvador se quedó igual
ante la puerta cerrada y empezó a estudiar cómo
trepar el frente de la casa para poder llegar hasta
la terraza; luego se subió a su silla, y poco a poco
fue escalando el alto paredón hasta llegar al abuelo
Agustín que seguía parado sobre el banquito.
Por fin la
estrella cayó. Hizo un ruido bárbaro. Parecía que la
casa se venía abajo. Se sacudieron las paredes hasta
hacer caer cuadros y espejos, platitos y almanaques.
La araña del comedor se movía más que cuando fue el
terremoto aquel en San Juan que siempre cuenta la
abuela. Todo se llenó de humo, color y luz. Mucha
luz. Empezamos todos juntos a transpirar. Un poco
por el calor, otro poco por los nervios. El humo nos
dificultaba la visión. Las tías casadas se abrazaban
a sus correspondientes maridos, mientras que las
solteras, a excepción de la tía Amanda que
continuaba detrás de la persiana, se abrazaban
llorando a la abuela Teresa. Lentamente fue
desapareciendo el humo, el calor y la luz. Entonces
salimos todos al patio. Nadie se animaba a acercarse
a la estrella pese a que ya se había apagado y yacía
en toda la superficie del patio como una fina y
mullida alfombra amarilla. Imprevistamente apareció
mi prima Yiya con una escoba y, ante la mirada
espantada de todos nosotros, quiso barrerla para
despejar el patio, ya que era indispensable para
cruzar hasta la cocina y poder cebar unos mates que
tanta falta hacían; pero en cuanto tocó a la
estrella con la escoba, ésta emitió una poderosa
descarga luminosa (pensamos que tal vez eléctrica)
que los dejó a la Yiya a su escoba petrificados. Nos
acercamos a ella lentamente y la tocamos: parecía
una fría y blanca estatua. Ante la desesperación de
la madre de la Yiya que gritaba como loca, mi viejo
le daba fuertes cachetazos y hasta trompadas para
ver si se ablandaba. Pero la Yiya seguía dura, no
reaccionaba. Todos hablaban. Todos discutían. Pero
nadie entendía nada. La abuela Teresa siguió
insistiendo con aquello de que "esas cosas antes no
pasaban".El tío Armando no daba más de las ganas de
tomar unos mates. El abuelo Agustín se había quedado
dormido en su banquito en la terraza, y junto a él
roncaba satisfecho don Salvador. La tía Porota
quería llamar a los bomberos. Todos -los tíos-todos
se habían quedado paralizados alrededor de la Yiya
contemplándola como unos bobos. Mi hermano Alito
había vuelto al acordeón y tocaba "La cumparsita"
con variaciones y todo, mientras que los primitos
más chiquitos se habían sentado a su alrededor para
escucharlo, meciendo sus cabecitas al compás de la
música.Todo parecía irremediable hasta que la tía
Virginia apareció con un balde lleno de agua, un
trapo y jabón. Nos preguntamos qué pretendía hacer
con todo eso. Se acercó a la pobre Yiya, tomó el
trapo, lo introdujoen el agua con jabón y empezó a
pasárselo por todo el petrificado cuerpo.
Dale que
dale con el trapito, tía Virginia, experta en
fregar, pasó largas horas tratando de ablandar a
Yiya sin parar. Gastó unos cuantos trapos que le
íbamos llevando a medida que los iba gastando, hasta
que al fin Yiya comenzó a recobrar sus movimientos y
hasta a hablar preguntando qué había pasado. En ese
preciso instante el tío Armando estaba llamando al
cielo para que tiraran un guinche y levantaran a la
maldita estrella cuanto antes, pues por culpa de
ella no podíamos tomar mate. Desde el cielo le
contestaron que como era feriado no trabajaban, pero
que de todos modos tratándose de una emergencia iban
a hacer todo lo posible.
Esto produjo
serias discrepancias entre los primos y el tío
Armando, ya que todos querían que la estrella
permaneciera allí para tener la exclusividad en todo
el barrio. Casi lo matan al tío Armando por haber
pedido el guinche. Menos mal que la tía Virginia
salió a defenderlo. Se subió a una maceta y agitando
su plumero que sostenía con su mano derecha destacó
la desgracia de la Yiya, y convenció rápidamente a
todos para que la estrella fuera sacada de allí
cuanto antes, pues ése no era su lugar. Al terminar
con el sermón, los primos la aplaudieron, y le
sirvieron un mate que gentilmente nos había ofrecido
la Gilda, vecina de al
lado.
Ya era de
día y estábamos mucho más tranquilos. Algunos
dormían, agotados por la larga y agitada noche.
Volvimos a las piezas a tomar los mates que nos
servía desinteresadamente la Gilda, mientras
aguardábamos la llegada del guinche. La tía Amanda,
sin que nadie la viera, salió de donde había pasado
toda la noche y se fue acercando a la estrella,
ahora silenciosa y apagada. Se quitó el batón y
después la enagua. En el más absoluto silencio se
zambulló en la estrella hundiéndose para siempre.
Quedaron sólo unas
chispitas flotando en el aire...