|
En
tu
pubis
olvidado,
papiro
virgen,
con
signos
de
caléndulas
y
hechizos
está
la
clave
que
conduce
a tu
morada
Un
silencio
armado
de
espadas,
una
noche
perfumada
de
olvido,
murmullos
de
papel
y
rimas
aladas;
dos
silencios
enfrentados;
a mi
lado
tu
vientre,
tu
pecho,
tu
cara,
ceñida
paloma,
manantial
de
lava
muda,
pálida,
multiplicada
hoguera,
presintiendo
arrecifes
embelesados,
bordando
el
secreto,
en
almohadas
con
flores
distantes
cubiertas
de
velos,
por
sendas
de
barro,
cielos
destruidos,
miradas
cabalgadas.
Yace
la
sombra
anaranjada,
tu
sombra,
garza
lánguida,
besando
lunas
pródigas,
las
máscaras
hostiles
se
desplazan
y tu
sombra
se
divorcia
de
mi
sombra,
el
alma
se
agita,
calcula
el
salto,
encadena
tu
sombra
a mi
sombra
y
copula
con
la
desnuda
esencia
del
fluido.
Amarguras
escalando
edificios,
mi
voz
detiene
el
gemido
del
ciervo,
perro
lunar
devorador
de
túnicas,
gime
la
estepa,
en
un
murmullo
de
música
y
alas,
la
noche
tibia
muere
entre
pétalos
adormecidos,
brotados
de
la
nada.
Los
niños
desprendidos
de
mi
retina
son
de
metal
y
sus
voces
perturban
el
sueño
del
unicornio;
no
busco
conflictos
ni
teorías
de
astrónomo,
resbala
mi
lágrima
tendiendo
las
manos,
quiero
sembrar
en
tus
rodillas
tulipanes
blancos
y
sentar
a tu
mesa
de
lamentos
mi
lobo
amarillo,
tal
vez
así
la
claridad
ablande
tu
cutis
de
piedra
y
renazca
la
obediencia
en
el
cristal
oscuro,
soy
velamen
neutro
cubierto
de
rasguños,
amigo
del
viento,
del
mar,
de
la
cuna
regia,
traigo
compromisos
en
las
yemas
de
los
dedos
que
claman
en
la
penumbra
del
frío
cósmico.
Sobran
dos
hemisferios
en
mi
mochila
muda;
quiero
compartirlos
con
el
rocío
que
cubre
las
violetas,
enterrando
sonrisas
al
pie
de
las
estatuas.
Construiré
para
vosotros
suspiros
y
murallas,
un
viaducto
de
mármol
plagado
de
cerezas,
destilaré
horizontes
a la
sombra
del
pulgar
y
ubicaré
el
epicentro
en
la
córnea
del
búho,
seré
montaña
hueca
cobijando
vuestro
cuerpo,
quebrantaré
las
leyes
que
rigen
los
universos
y
del
delicioso
légamo
de
robustos
vientres
nacerán
las
bases
de
futuros
archipiélagos.
Sólo
pido,
antes
de
desaparecer
en
el
espejo
de
la
memoria,
que
no
tiemble
la
mano
que
acaricie
el
otoño
y
que
la
novena
estirpe
proteja
sus
fronteras
cuando
el
señor
de
la
codicia
suelte
las
jaurías.
|