EIDAN YOSON
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Arena al sol
Desierto, mucha sed, sol sin nubes de tregua, el viento aullador que enceguece y lastima la piel, piedras silentes que las eras desgranan con paciencia. De tanto en tanto se ve mover entre pliegues de las dunas un áspid esperando que se acerque el gerbo al que hace días acecha. Pero antes pasa un humano solitario que inadvertidamente le pisa la cola y zas ! es un rayo clavando sus colmillos en el talón. Ese veneno no era para mí, piensa el humano. Y sin embargo... Había llegado su hora. Se esfuerza por llegar hasta la sombra única de un cacto, pero la ponzoña que lo afiebra lo hace tropezar y da con la cabeza en unas espinas lacerantes como dagas. Gotas de sangre y de sudor caen sobre la arena inmutable: no la harán fértil, apenas permanecerán por un rato antes de evaporarse al calor de la siesta. El olor a muerte llama a dos buitres, que bajan planeando desde lo alto. Al levantar otra vez vuelo, cada uno lleva a sus crías un ojo del humano. Y aunque los ojos vuelen distante hacia la nidada, su última visión, el picotazo, quedará reverberando en su mente hasta el tormentoso final, ya por consumarse. Antes que lo mate el veneno de la serpiente o los rapaces, salen de su guarida miles de hormigas y devoran al humano aún vivo, que de a poco y con dolor indecible, pierde su cuerpo junto con la consciencia y muere, ya sin boca para lamentarse o gritar. Un chacal le saca después alguna víscera al cuerpo inerte. El carroñero hubiese preferido el corazón, pero ya no estaba ahí. Quién lo habrá tomado? el halcón, la gata o sus cachorros, que lo precedieron en el desmembramiento, quién sabe. Abatido, fulminado en soledad, el espíritu del muerto insepulto ve blanquear sus huesos al sol hasta que el tiempo los disuelve en la arena infinita. Y después incluso él se olvida a sí mismo como humano. Ahora es arena sedienta esperando, en un tiempo detenido, beber algunas gotas de otra sangre.
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