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Quedar en alguien
-
"Si cierras tus ojos para no
abrirlos jamás,
-
se terminarán en el mundo los
atardeceres, los ríos y las
montañas,
-
la sonrisa en mi cara y la alegría
en mi alma... ".
Oleadas de imágenes llenaban su mente y lo
recluían en la insana espera de la muerte.
Se decía a sí mismo que estaba lleno de un
amor tierno pero deshabitado de presencias
sobre esta tierra. Cada mañana elevaba una
plegaria a la resurrección para que pusiera
el cuerpo vivo de ella junto al de él, donde
quiera que sea. Sólo un ansia mitigaba su
pena; a la vez, esa ansia, agigantaba el
perfil de su cobardía terrena.
Los años le habían caído como cenicientas
hojas muertas. De la revelación más sublime,
la del amor verdadero, había mutado a la
desolación dolorosa de la pérdida.
Verano de la revelación
Hacía un rato que permanecía recostado
sobre una reposera cerca de la pileta con
los ojos cerrados y sus brazos abiertos como
abrazando el sol; de tanto en tanto espiaba.
El verano era una delicia, sobre todo para
darle rienda suelta al ocio. Nada podía
tener una armonía más perfecta. Percibía con
nitidez los olores de la naturaleza, la
exquisita luminosidad del sol, y la
persistente brisa que daba sosiego al caer
agobiante de la tarde. El complemento era
aún más perfecto, estaba ella.
En un entreabrir de ojos la había visto
cerca de las plantas mirando el follaje;
buscaba vaya a saber qué cosa. Tarareaba
algo en voz baja y parecía concentrada...
alegre. Ahora venía hacia él; se había
puesto una rama de laurel a modo de corona,
un par de anteojos negros y pareo; venía
riéndose. No era un chiste ni pretendía ser
ridícula, actuaba con naturalidad... vaya a
saber uno qué enjambre químico de sus
neuronas la hacían actuar como si tal cosa.
El pelo rubio y lacio sobre los hombros y
sus pies acariciando la tierra; en una mano
una botella de cerveza, y en la otra dos
copas. Regalaba ternura. Tenía un aire de
inocente ingenuidad que seducía con su sola
presencia. Su figura era delgada y para nada
voluptuosa; sin embargo, para su
apreciación, hermosa.
Ella se acercó, vació el contenido de sus
manos, y lo miró con curiosidad. Notó que él
tenía sus ojos puestos en ella pero no la
miraba. Era cierto, buceaba en su propio
espíritu. Tan pleno estaba que se sintió
como la mitad de un todo. En el mismo
instante tuvo la revelación del amor
verdadero, amor que ennoblece con su sola
presencia y nos hace mejores; que nos llena
de comprensión y tolerancia, que goza con la
felicidad del ser amado, e inmola el
individualismo del solitario. Recordó
aquello de las almas gemelas y su negativa a
creer en algo tan intangible y manoseado.
Sin embargo, había algo sublime que los
hacía especiales. Nada ni nadie penetraba el
halo que los envolvía. No era una cuestión
de la conciencia; iba más profundo.
El privilegio de un amor así, era una
bendición, estaba claro, ¿pero cuál había
sido la causa para que ambos coincidieran?
Reflexionó súbitamente que el amor es un
estado del alma que no requiere ser asumido
ni aceptado por la razón. Cuando la razón le
impone un amor al alma, la aceptación de ese
amor llena sólo un espacio de necesidad para
jamás transformarse en verdadero amor.
Sus sentimientos eran correspondidos. Ambos
se potenciaban en un ida y vuelta de entrega
sin reservas. Ambos poseían la libertad de
elegir, y elegían a cada instante permanecer
juntos por el simple placer de compartirse.
Paseaban por el mundo tomados de la mano,
pero amarrados fuertemente por el lazo que
anudaba sus almas. Desde aquella revelación
del espíritu, sus vidas habían fusionado
como parte de un todo que concebían más allá
aún de la muerte. Repetían esta consigna
cada vez con mayor misticismo: en los
brindis, sin pronunciar palabra, mirándose
fijamente a los ojos y conscientes ambos de
lo que repetían sus mentes en el limbo. A
media luz de velas; a solas, profanando
silencios... Cuando lejos los cuerpos, y en
sufrientes horas de orfandad de olores y
tramas y risas, y de besos y caricias, se
percibían en el pecho y en el sexo: "Me has
acariciado sin rozarme... ", le susurraba
ella cuando las manos de él trepaban los
montes de su cuerpo; entonces, aparecía en
su cara la sed de poseerlo. No había planes
de entrometidos hijos: ella era una
sacerdotisa consagrada a su amor... y él, su
fiel adorador.
Ciertas veces descubrían recuerdos y las
imágenes de otro siglo se develaban como una
catarsis de sensaciones. Pero la difusa
peregrinación al recuerdo de otros tiempos
sabía siempre a incierto, a sueño
trasnochado.. a deseo. ¿Y si las imágenes
que sus mentes recreaban en perfecta
clonación fueran las de ellos? Al tiempo
debían respetársele sus devaneos; aún
urgidos de presencia y de recuerdos, como
pasajeros, deberían algún día aguardar la
finalización de su trayecto.
No fueron años; tan sólo habían pasado meses
cuando la migración terrenal los sumió. Fue
entonces que él recordó los devaneos del
tiempo y pensó en las purgas para que les
correspondiera el cielo. En esos meses con
sus días; y en esos días con sus horas y
minutos; como si el infinito pudiera
resumirse en un segundo de la razón y las
huellas del efímero tiempo calar en lo
profundo un rumbo, habíanse elevado más
allá, incluso, de su comprensión. Si existía
un modo de quedar en alguien para repetirse
después, ellos estaban seguros de poseer ese
destino.
Invierno de la desolación.
El día en que ella murió llovía a cántaros.
Era una tarde fría de invierno; todo lo
contrario a aquélla en que ambos habían
tomado definitiva razón del amor verdadero.
Ambos estaban en la casa que compartían; él
sentado sobre la cama; y ella, o el espectro
de ella, lo abrazaba por la cintura con la
cabeza apoyada entre sus piernas. El
silencio era absoluto; sólo el sonido de una
respiración dificultosa quebraba la
monotonía. Él la miraba y sentía que su
mirada penetraba por un túnel; al final, la
cara enflaquecida de ella con los ojos
entreabiertos... sin embargo, dormía.
-
¡Me has tocado!
-
-Se repetía a sí mismo como elevando
un ruego.
-
Está en ti mi vigor y juventud,
-
todo lo que he querido.
-
Si cierras tus ojos para siempre
-
y me dejas aquí,
-
¡si no me llevas contigo!
-
se terminarán en el mundo los
atardeceres,
-
los ríos y las montañas,
-
la sonrisa en mi cara y la alegría
en mi alma...
-
La pasión que he sentido al amarte y
-
la ilusión de verte anciana.
-
Tu piel te llevarás contigo
-
y la luz transparente de tu mirada.
-
Seré, desde ese momento,
-
una mitad deshabitada.
Como si ella hubiese escuchado su rezo,
comenzó a moverse. Él la tomó por debajo de
las axilas y la llevó hasta su pecho. Cerró
los ojos. La besó en los labios deseando con
todas sus fuerzas entregarle la esencia
energética de su vida. Cuando los volvió a
abrir, ella lo miraba con expresión de
despedida; no tenían más lágrimas... ni
palabras. Se quedaron mirándose por unos
segundos eternos.
--¡Hasta la próxima vida mi amor! -susurró
ella con la voz entrecortada regalándole una
última sonrisa. Al instante, sus ojos verdes
transparentes de mar, se opacaron
irremediablemente en esta.
El continuó abrazándola y balanceándose de
su cintura, hasta que finalmente alguien se
acercó y los contuvo a ambos.
.../...
La tarde caía mansa. Un sol radiante le
acariciaba la cara y dibujaba delgadas
sombras en el relieve que el tiempo había
esculpido con su paso inexorable. El devaneo
del tiempo llegaba a su fin. Por años había
regresado a esos dos instantes inmerso en un
retórico arco de sublime revelación y
desolada pérdida. Desde la muerte de ella,
su vida había sido la espera. Jamás un nuevo
amor removió de sus entrañas aquella
profunda revelación del alma gemela.
Esperando... había estado extrañamente
acompañado. Entre las plantas, hurgando
entre el follaje, vio a alguien que sonreía
alegre... ansiosa; traía una corona. Con la
agilidad de sus mejores años caminó hacia
donde estaba su imagen resplandeciente. Se
asieron de la mano para devorar, juntos,
todas las sombras.
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El árbol de ceniza
Por años la había visto llegar por el
sendero que ahora era camino. Ella misma lo había
adornado con las flores de estación que cultivaba en
los fondos de su casa. El camino, haciendo algunos
contoneos, conducía al roble.
Era un predio sin cercas. Diez metros por
detrás del roble, al sudeste, una decena de cipreses
estaban dispuestos en abanico. Siete metros por
detrás de los cipreses, también en abanico, cedros;
luego lambertianas, y finalmente una veintena de
eucaliptos que algún día, al alcanzar su plenitud,
controlarían al viento.
En poco tiempo su siembra fue un pequeño
bosque. Uno por uno, desde su remota juventud, había
cuidado esos árboles con exclusiva dedicación:
acarreando la ansiada agua en los días agobiantes de
enero, cubriendo sus raíces de los fríos inviernos,
o remozando la tierra con nutrientes para que en
primavera sus tallos crecieran esbeltos. Cumplida la
tarea, se sentaba junto al roble para reiterarse en
monólogos.
Quienes pasaban por allí y conocían la
historia, luego la recontaban con angustioso
respeto. La curiosidad inducía a algunos a ver por
sí mismos tal que muchos de los que asistían al
parque, en cualquier época del año, venían por ella
en una espiral inagotable de difusión. Sabrán
ustedes del poder que encierra el imaginario; así,
la fabulación fue de lo más variada. No faltaba
quienes le daban connotaciones espectrales o quienes
le asignaban virtuosismos. Y no era para menos. A
veces su imagen no parecía real. Era cuando surgía
de entre los árboles y la brisa la esculpía dentro
de su vestido con su cabellera extendida como presta
a volar. Pero como era probable verla pasearse por
el bosque o sentada junto al roble inmersa en
monólogos a cualquier hora del día o de la noche,
quienes poseían un sentido práctico de la cuestión y
mostraban poco afecto a las fabulaciones, sostenían
su incordura. Esas mismas personas se sorprendían un
día cualquiera al descubrirla conversando con la
gente con absoluta cordialidad e inteligencia.
La incongruencia entre su vocación y
actitud, adquiría consistencia en su aspecto. Su
piel, que blanca casi transparente envolvía una
glamorosa armonía corporal, se sumaba a la lasitud
de su cabello prolijamente cuidado y arreglado. En
la redondez del pétreo azul insondable de sus ojos
se apreciaba un inmenso dolor. Pero ellos, sus ojos,
poseían la virtud de mutar de la extrema fragilidad
a la dureza reflejando su tesón. La devoción se
señalaba en sus manos: sus herramientas. Se apiadaba
de ellas toda vez que alguien se las quedaba mirando
con el rostro asombrado por la incongruencia.
Entonces prometía cuidarlas más. Pero luego, sus
ansias por capturar la energía de la tierra sin
intermediarios, la hacían olvidar.
---Aquella vez, hace... años, era otoño.
Son melancólicos los otoños. Todo se serena a ras
del suelo. Es un gran labriego el otoño. Como de a
pinceladas, un ocre monocromo se esparce en inerte
legado para ser sepultado... luego. Son mágicos los
otoños; desde esa vez, lo son. También hay magia en
primavera: como si se tratara de un talismán
bendiciendo la tierra, la naturaleza plena vuelve su
rostro al sol en primavera a medida que este cambia
su ángulo en el horizonte. Aunque la primavera se
puebla de intrusos, benéficos algunos, maléficos los
otros, todos responden a un plan. Entre el letargo y
el despertar del fruto, la desolación del invierno y
el agobio del verano. Una estación prepara para la
siguiente. Sería difícil soportar la crudeza del
invierno sin el aletargado arrope del otoño; sin la
melancolía llamando a su tristeza, para que meses
después, la algarabía de colores sea bellamente
plena. Nuestra existencia está sesgada por las
estaciones; así que... perdonarán ustedes que este
relato se mojone de ellas.
---Ese otoño, con apenas dieciocho
centímetros, cubierto de maleza, sin duda no hubiera
sobrevivido a las inclemencias del invierno. Por
aquel entonces no poseía yo tantos recuerdos como
para concederme la melancolía. Quien le puso
melancolía a los otoños, no fui yo. Sabía nada
acerca de los árboles aunque les reconocía a todos
la misma limitación: si tus pies son raíces, aún
cuando poco profundas, debes prepararte para las
inclemencias. Ignoraba también que esa era una ley
para el resto de las criaturas del planeta.
---Tengo frescas las palabras que en ese
otoño espabilaron mi letargo de muerte. Ella,
insondable en su dolor, despejó la maleza de mis
ahogos y carpió la tierra en mi contorno. Escudriñó
de mis ramas su palidez y se compadeció. --¡Tu
vivirás! -me dijo-. Luego en tono de conjura,
sentenció: --en ti veré crecer saludable su
espíritu. Dirigiéndose luego a una tercera persona,
agregó: --Sé el alma de este árbol que tiene igual
de meses que vos, vendré a visitarte. Seguido: el
polvo, denso, que cubrió mi tallo con vahos de
resurrección.
---Hasta lo abstracto tiene un nombre: un
nombre para lo que es, un nombre de lo que fue, un
nombre para la idea de lo que se quería que fuera.
Se les da un nombre a las cosas para que nos hagan
compañía. Con el tiempo se hacen familiares esos
objetos materiales o abstractos que fueron
bendecidos con un nombre. El camuflaje de una
inaceptable realidad es también un nombre. Por eso
tales o cuales cosas son rebautizadas con nombres
más benignos que amortiguan devastadoras
consecuencias; la soledad es una de ellas. Cuando
tus pies son raíces..., es una inclemencia la
soledad. Pero si tienes un nombre, no estás tan
solo. Por eso ella me dio a mi un nombre y por él me
llamaba, cuando luego de hacer la tarea, se sentaba
cerca de mí a conversarme.
---Me llevó tiempo comprender y aceptar que en
realidad no se dirigía a mí. Mucho más tiempo el
captar su esencia desde el dolor insoportable ante
la pérdida. Yo era lo que ella deseaba que fuera; y
ella, viéndome, mitigaba su pena. Hay continuidades
difíciles de comprender, todo cambio de esencia
dificulta la percepción. Pero para ella no; yo era
una continuidad, si se quiere espiritual, de lo más
querido; entonces, no contaba la apariencia.
---La silla venía y se marchaba con ella; con
el pasar de los años, la dejó. Luego de recorrer el
jardín, ahí se sentaba, junto a mí. Me contó que
había vendido su casa, la de los recuerdos; porque
era un lugar impregnado de su desolación. Y como
ella la quería, había deseado que otros, sin la
carga angustiosa de sus vivencias, le devolvieran su
esplendor. Supe de su infortunado esposo, que preso
de la culpa había huido sin que nadie supiera jamás
de él. Se le notaba el rencor cuando lo mencionaba
como un punto de referencia a su pasado. “Si él no
hubiera sido tan testarudo, tan confiado... tú,
tendrías hoy dos años”. Este descarnado reproche se
repetía cada otoño mientras ella, sentada en la
silla con sus ojos vidriosos, alargaba el paso del
tiempo sumándole un aniversario a su tristeza. No
hubo otros hombres en su vida... “y no porque no sea
bonita, sé que lo soy porque no soy sorda y porque
de tanto en tanto me miro al espejo; incluso así,
sin arreglarme, doy que hablar. Cuando era una niña
como tú, soñaba con ser elegante. Yo veía a las
artistas de la tele: tan altas, delgadas y prolijas,
con aires de princesas y quería parecerme a ellas;
practicaba en la soledad de mi habitación como
andar, hablar e incluso, algunos ademanes... ¡Pero
después fue todo tan distinto! Mi mundo se fue
haciendo pequeño. Ahora, en él, sólo cabemos tú y
yo.”.
---Con el tiempo se degrada tanto el cuerpo
como la expectación. Ella fue hablando cada vez
menos de sus instintos de mujer; como una página que
se amarillenta sin perder la esencia de su valor. En
su mundo pequeño, sin embargo, había espacio para
todo, incluso para la alegría que mueve a la risa.
Solía reírse de sus torpezas y su risa era más
profunda cuando imaginaba el pensamiento de los
visitantes del parque. “¡Flor! –que así me llamaba-
¿qué crees que piensa esa familia que mira hacia
aquí, al verme reír a boca batiente junto a este
roble?”. Poco le importaba que los demás pensaran en
su locura, porque tal vez tuvieran razón; y eso,
tampoco le importaba. “Imaginé muchas veces que en
el mundo de la razón, lo que afecta, no es que uno
la pierda, sino, que los demás crean que la hemos
perdido; si esto último nos deja de importar, pues,
entonces, da todo lo mismo.”. Esto fue una conducta
progresiva; su mundo, que ya era pequeño en ese
otoño cuando ella tenía veinticinco años, lo fue aún
más a los cincuenta y terminó siendo un grano de
mostaza un segundo antes de morir. Pero la gente no
le era del todo indiferente. Si bien le importaba
poco lo que pensaran de ella, en su ostracismo,
había tomado la suficiente distancia de los devaneos
humanos como para catalogarlos con toda nitidez. Por
décadas, desde que ella había hecho de ese espacio
un bello jardín, había habido visitantes dejando sus
improntas; incluso, luego de que se marcharan.
Cuando el predio volvía a su soledad, o mejor dicho,
a la soledad de ella y el bosque; lo recorría palmo
a palmo para recoger hasta el último residuo. Estos
le traían el eco de quienes los habían producido.
Con total certeza era capaz de elucubrar historias y
captar la energía de esos visitantes para después
venir a contarme. Le bastaba con ver el modo en que
algo había sido arrojado, para saber del equilibrio
emocional de quien lo había tirado: sí muy apretado,
doblado o apenas abollado; sí totalmente vacío o con
algo de contenido; sí en el cesto, o envuelto, o en
cualquier sitio. “Todas las cosas hablan de las
personas, hasta las más insignificantes... “.
---Un día vimos llegar por el camino
coloreado de flores de estación, un cortejo. Al
frente una joven mujer acarreando entre sus brazos
una pequeña urna; detrás, el séquito de familiares y
amigos dolientes. Ella se puso de pie de su silla y
fue a su encuentro. Sin mediar palabras acompañó a
la joven madre mientras ésta sembraba un pequeño
algarrobo. Un sacerdote impartió consuelo. Luego, la
joven, esparció las cenizas en torno al pequeño
árbol. Todos los presentes se arrodillaron frente a
él y rezaron una oración. La mujer permaneció
arrodillada acariciando el polvo gris mientras sus
lágrimas esculpían en él pequeñísimos cráteres. Una
mano de hombre finalmente la alzó y la guió de
vuelta por el camino. Con el paso del tiempo,
escenas como esas se fueron repitiendo y el bosque
se pobló de diversas especies. Esa noche, todavía
presa de la angustia, ella, que había permanecido
junto a mí en su silla sin decir palabra, se levantó
y fue hasta el lugar donde había sido sembrado el
algarrobo; estuvo allí por unas horas, al regresar,
simplemente dijo: “ya se siente mejor...”. A la
mañana siguiente todo rastro del polvo gris en torno
al algarrobo había desaparecido. “Dos límites tiene
el universo –me dijo esa mañana-: uno que se alcanza
con la punta de un dedo; el otro, es el infinito;
hasta allí, sólo llega con el espíritu.”. Hasta
mucho después no comprendí el significado de sus
palabras.
---No sé si todos lo árboles tienen alma;
incluso, ignoro si los árboles de este parque la
tienen. Creo que para que un árbol o cualquier otra
cosa posea una, se necesita la bendición de
quien imagine que la tiene. Algunos árboles de
cenizas nunca volvieron a ser visitados. Otros
pocos, lo fueron esporádicamente. Nadie más que ella
con su amor e inagotable esfuerzo, mantuvieron la
armonía de colores del lugar, que con el tiempo
diose en llamar: "El parque de las cenizas".
---Una primavera, mientras me espabilaba aún
del invierno, la vi llegar por el sendero que ahora
era camino. Las rosas parecían reclinar a medida que
sus pasos cortos y lentos la aproximaban a mí. Al
llegar, y como lo hacía cada día, revisó palmo a
palmo mis ramas y sus brotes nuevos; se soslayó de
verme saludable. Luego sacó un pañuelo de su bolso y
secó metódicamente su silla del rocío de la noche,
después se sentó. Toda esa tarde estuvo callada,
mirando uno por uno y a la distancia el centenar de
árboles de cenizas. Algunos con más de cincuenta
años, parecían desbordantes de vitalidad. Luego,
antes de irse, estiró su mano hasta ponerla en esa
porción de universo que físicamente nos unía a
ambos; en la redondez del pétreo azul insondable de
sus ojos se apreciaba todavía aquel inmenso dolor.
Sin más, se marchó.
--- o0o ---
Era un predio sin cercas. Ni siquiera
demarcaciones o depresiones en su contorno. Con
uniforme verdor se prologaba por detrás del roble en
un bosque de diversas especies que parecía un
séquito. Más allá de las lambertianas, cipreses,
cedros, álamos, algarrobos y abetos; gigantescos
eucaliptos se debatían en las alturas con el viento;
en silencio. Por delante, un camino de
piedras parecía perderse entre la tierra y el cielo.
Un búho desde la negrura le puso distancias a la
noche. El viento era el gran ausente en ese agobio
veraniego; y el aire, suspendido en la gramilla, se
asimilaba denso y seco.
El roble suspiró en medio de la oscuridad.
El polvo grisáceo que esparcieran esa tarde a sus
pies, aún conservaba todas sus partículas.
Copyright
© 2004
(*)
MARCELO D. FERRER nació en la
ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires,
República Argentina. Es Contador Público y
Licenciado en Economía; Escritor, Poeta y
Ensayista. Es miembro y ha presidido diversas
O.N.G. dedicadas a la educación y
al servicio comunitario.
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