OSCAR PORTELA

                                             Corrientes, Argentina.

                         

Poemas

APORIAS


"Después que me hubiereis descubierto,
imposible sería ya el perderme"
(Cartas de la locura: de Friedrich Nietzsche a George Brandes.)

Y ahora qué hacer con los llamados
que las hadas pusieran sobre mis hombros
como lápidas? Desnudo y sin mañana,
mudo como la roca que ignora las súplicas
y bendice el negro del abismo del buitre,
el tiempo como la roca, nos ignora también,
aunque las diademas nos coronen de luces,
pues somos la catástrofe antes de la catástrofe,
qué hacer, qué hacer aquí, cómo hallarme
a mi mismo después de la batalla
y de la sangre, en tanta oscura soledad
de camelia, en medio de tanta indiferencia
de mutilados miembros y sordera infinita,
oh patria amada, tálamo, lecho de infinitas
promesas que proveyó a mi lengua
de las mismas estrellas que hoy sangran
sobre el tímpano de los que aun esperan?
Dónde estoy pues, donde han sepultado
a mi hermano, la juventud perdida,
las medidas perdidas, mírame ahora, mírame,
desorientado tras el huracán del extraviado origen,
y los talentos como lápidas que gimen sobre
mis hombros, los espectros que alumbran
el pasado perdido, el hoy perdido y el mañana
fantasmal del invierno, aquí, aquí, donde
se pudre el cadáver del fantasmal hermano
y mi voz se apaga lentamente, cuando
el mañana habla por boca de los fantasmas
y el invierno - tal vez-, venga para quedase
.....................................definitivamente.

 

 

Lápida

Pesada lápida sobre mis parpados,
cenizas en mis ojos y el azul antiguo,
el abra del azur y la oración
en lo abierto definitivamente cerradas
en los túneles del insomnio
donde las ratas danzan su ritual de pestes
y exterminio. El viento que antiguamente
me abría al infinito, las manos espejos
de las aguas más claras y profundas,
la piel de aquel que amé en sueños,
todo enterrado bajo la pesada máquina
de los duelos que conviven con los vampiros
de la noche que se alimentan del deseo
y no dejan sino cenizas en los parpados
y sal en la boca del durmiente.
Cruel es la boca en la que vida y muerte
nos paren y mas cruel aún pacer en
las silenciosas calles de la soledad
a las que nos condenó la
palabra a la que atamos nuestras vidas.


 

 


CANTO DE MARCIAS

He aquí mortal, definitivamente
como mi aspiración al infinito,
mi corazón ¡oh Apolo!, vencido
por tu furia y por el rayo de tus
ojos, he aquí, mi finitud, de rodillas
frente a la lira de amor y el roto
corazón entrando a las tinieblas
lentamente, luego del fuego
en que consumí mis ansias
de eternidad y amor, oh Dios
oculto por mis cantos y mis coros
cuando las fuerzas me abandonan
y mis cenizas desde una urna Etrusca
vuelan al infinito de la soledad
.................a la que me condenaste
oh armonioso entre los armoniosos,
mas, cruel la con soberbia y la vanidad
de los titanes que no tienen
descanso, salvo la muerte,
el polvo de las urnas, las puras
aguas del mediterráneo:
ni animales ni humanos
han venido hasta mí,
hasta mi roto corazón,
hasta el occidente de mi dolor
para amortajar mis deseos
de amor por lo mortal,
que desató tu ira
y condenó mi alma
a la prisión del arte
y del amor que calla
en el hosco silicio
del desierto. Sólo el murmullo
del infinito mar,
sólo el viento de las noches
encetadas por las estrellas
acompañan los ecos
de mis tristes lamentos,
ahora que desde una urna
bella continuo
atado al laúd del destino
con que me encadenaste
Apolo, ¡oh invencible!,
¡oh impiadoso!,
compañero de la amargura
de que hiciste mis horas,
solo, desesperado,
hasta que el silencio venga
a redirmir mi viaje
y el ángelus diga sí
a mis deseos de paz
...........y de silencio


 


Canto para el Ocaso del Mundo


(junio 2004)


Mírenme ahora a los ojos, calmos lagos,
ciegos como los ojos del anciano y
solitario ex Rey en Colona, mírenme así,
sin esperar sin esperar ver el final ni el vuelo
de las aves, adentrándome
..........................en la oscura caverna
de la que no salimos nunca, oh Prometeo,
nosotros, yo, raza de traidores
por los Dioses burlados
y los días, sustancia de inmortales:
así me veo ahora, en fútil conocimiento,
la cítara y la flecha, no son más
inútiles prendas, de quien va a perecer
como Paris en Troya, sintiendo
como se apaga la luz, la luz, con el
consentimiento de los Dioses,
inútil atavío, lujo de quienes ignoran su
destino. Volver, volver siempre al desierto
del cual partió el mortal,
jugando con azucenas y con rosas,
pactando con sonrientes inmortales
que ahora, separados del hombre,
miran girar en el vacío el destino mortal:
guerras, violencias, depredaciones,
galeras convertidas en naves donde
se gestan monstruos más insidiosos
que las Parcas, hombres con lenguas
bífidas y de largas palabras
que ocultan el Ocaso que vió Edipo
hace siglos, antes de que todos
los soles se apagaran en ardentía
de Caos, como se apagan hoy,
en medio de solitarias muchedumbres
..................................que ignoran
el fin de primaveras y de luces:
hombres pequeños que han descubierto
la duración efímera como el Poder
que afirma "seamos como Dioses",
mientras la vejez se hace con las cosas
que el hombre crea para alcanzar
la Infinitud del tiempo: Así, yo, como
Edipo, abandonado por las luces
del cielo que iluminaran mi niñez,
de los caballlos que Agamenón pusiera
a las puertas del oro, de rumorosas aguas,
y de flores, veo como el Tirano Egisto
impone el crimen y sin posada ya,
siento pasar los días,
sin lamentos ni lutos,
porque toda parodia se repite,
y en lo profundo de la caverna yace
el animal que espera otro animal de
muerte, dispuesto a dominarlo todo,
e ignorar que la burla del Dios y el
sacrosanto Búho, son apenas la risa
de máquinas de hierro,
que en el desierto moran, esperando
..................................la muerte.

 



COMO DEBIA SER


(a Joan Novarro)
 


Sepultado está todo: Ello debía ser.
Se hizo así justicia. Los soles negros
ocupan sus lugares, y el viento ya
dispersa las cenizas que guardaban las Urnas
del recuerdo. Soy polvo ahora.
Disperso en los fragmentos de las horas,
en los ojos mirados, en el caudal de lágrimas,
en infinitas noches alumbradas por gélidas estrellas,
en crueles pesadillas que vuelven hasta mí.
Y aquel lobo afilando los dientes
del verano, en la que amores turbios
encendieron el alma
conterrada en lagunas, en imágenes bárbaras
y espejos de ilusiones que reflejan
las horas, siempre indigentes.
Sombras de tiempo sepultado:
así debía ser: ahora que solo; que solísimo
rimo con los espectros de la sangre
que adviene de subterráneas huellas,
con espectros y animas, pienso que las
preguntas no fueron contestadas,
y que en vano fue todo: ya ni el horror me espera.
Libre soy de abandonar el campus.
Y que el ángelus toque corazones amados.
Conterrado, enterrado entre vivos y muertos,
sombra entre sombras, humo del ser,
todavía me inquietan las indigentes
flechas del destino.
Oh yo, Oscar Ignacio Portela,
sucesión discontinua, vivac de guerras
inconclusas, llevo sólo conmigo
el hambre de infinito, la palabra absoluta,
y el abandono inerte de la suerte impetrada,
como debía ser.





El desierto de los Tártaros


(A Gabriel Ramirez)



A pasado el tiempo, la sucesión, y nada a sucedido.
Aquí estoy más expuesto que nunca a los demonios
y a la intemperie de la acumulación, que los espectros
han dibujado en soledad para mis sueños: las brevas
ha tiempo están para caer y desde ahí reclamar
a los vivos lo que no fue cumplido. Olvidar fue la tarea
que me impuse a mi mismo; mas, poderosos hados impidieron
que en paz, los fantasmas hablaran con los vivos.
Deste modo nada ha sido olvidado. Todo permanece
igual, aunque
fluyan la sucesión, y los deseos, o la imaginación, lea ya sólo
los nombres inscriptos en las lápidas. Madre, padre,
Amantes, amigos, volaron como huyen cornejas en
Invierno, Patria que soñé cuando niño y ahora,
en andrajos, pide mendrugos en las esquinas más siniestras.
A veces en silencio, veo un cielo infinito alumbrado
de titilantes astros, y escucho en madrugadas claras
como el agua que vierten las montañas, el grito de los
monos en los montes de infinitas praderas.
En verdad me digo, han pasado ya siglos y el que
ahora reclama silencio y paz, amortajado está por
la impudicia que los mortales trajeron a las viñas:
¿Descansaré algún día? ¿Como canes los demonios
Se ensañarán conmigo? O el milagro que aquí,
sin que lo vea, y en mis últimas horas deparará
ternuras, nunca vistas, sentidas, sobre la piel añosa
deste árbol ya muerto, resucitado entonces?
No hay respuestas. Ominoso silencio a la pregunta
Y sangra el corazón del hombre niño. Donde está el
sembradío, donde las risas que en el jardín florecen,
Y el inocente juego del tiempo, que el niño Dios contiene
entre sus manos? Qué esperar ya sino el invierno
torvo que se acerca sigiloso a nuestras puertas?. Pequeño,
Pequeño, el corazón del hombre languidece en la tarde
mientras Bastiano espera la llegada de Huno,
que alguna vez, con su flecha mortal, inspiró a los guerreros.
Pequeño es el horror de la línea de sombra
En que la nada crece, junto al desierto de los tártaros.
Aquí estoy, entre ruinas, esperando, lo que no debía ser.

 

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