Aceituneros

 El niño yuntero
 Besarse, mujer
v  Canción del esposo soldado
 Canción primera
 Elegía primera

 Las manos
 Fuerza del manzanares
 Sentado sobre los muertos
 Nanas de la cebolla
 Llamo al toro de España

 La vejez en los pueblos
 El herido
 Imagen de tu huella
 El rayo que no cesa
 Cancionero y romancero de ausencias

 Poemas sueltos V
 Poemas últimos

 

 

 

 

 

 

 


 

 


   
Aceituneros
 

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?

No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.

Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.

Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?

Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.

No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.

Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.

¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!

Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?

Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.

Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.

 

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El niño yuntero

Carne de yugo, ha nacido
más humillado que bello,
con el cuello perseguido
por el yugo para el cuello.

Nace, como la herramienta,
a los golpes destinado,
de una tierra descontenta
y un insatisfecho arado.

Entre estiércol puro y vivo
de vacas, trae a la vida
un alma color de olivo
vieja ya y encallecida.

Empieza a vivir, y empieza
a morir de punta a punta
levantando la corteza
de su madre con la yunta.

Empieza a sentir, y siente
la vida como una guerra
y a dar fatigosamente
en los huesos de la tierra.

Contar sus años no sabe,
y ya sabe que el sudor
es una corona grave
de sal para el labrador.

Trabaja, y mientras trabaja
masculinamente serio,
se unge de lluvia y se alhaja
de carne de cementerio.

A fuerza de golpes, fuerte,
y a fuerza de sol, bruñido,
con una ambición de muerte
despedaza un pan reñido.

Cada nuevo día es
más raíz, menos criatura,
que escucha bajo sus pies
la voz de la sepultura.

Y como raíz se hunde
en la tierra lentamente
para que la tierra inunde
de paz y panes su frente.

Me duele este niño hambriento
como una grandiosa espina,
y su vivir ceniciento
resuelve mi alma de encina.

Lo veo arar los rastrojos,
y devorar un mendrugo,
y declarar con los ojos
que por qué es carne de yugo.

Me da su arado en el pecho,
y su vida en la garganta,
y sufro viendo el barbecho
tan grande bajo su planta.

¿Quién salvará a este chiquillo
menor que un grano de avena?
¿De dónde saldrá el martillo
verdugo de esta cadena?

Que salga del corazón
de los hombres jornaleros,
que antes de ser hombres son
y han sido niños yunteros.

 

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       Besarse, mujer

Besarse, mujer,
al sol, es besarnos
en toda la vida.
Asciende los labios,
eléctricamente
vibrantes de rayos,
con todo el furor
de un sol entre cuatro.

Besarse a la luna,
mujer, es besarnos
en toda la muerte:
descienden los labios,
con toda la luna
pidiendo su ocaso,
del labio de arriba,
del labio de abajo,
gastada y helada
y en cuatro pedazos.

 

 

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          Canción del esposo soldado

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

 

 

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                 Canción primera
 

Se ha retirado el campo
al ver abalanzarse
crispadamente al hombre.

¡Qué abismo entre el olivo
y el hombre se descubre!

El animal que canta:
el animal que puede
llorar y echar raíces,
rememoró sus garras.

Garras que revestía
de suavidad y flores,
pero que, al fin, desnuda
en toda su crueldad.

Crepitan en mis manos.
Aparta de ellas, hijo.
Estoy dispuesto a hundirlas,
dispuesto a proyectarlas
sobre tu carne leve.

He regresado al tigre.
Aparta, o te destrozo.

Hoy el amor es muerte,
y el hombre acecha al hombre.

 

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                     Elegía primera


Atraviesa la muerte con herrumbrosas lanzas,
y en traje de cañón, las parameras
donde cultiva el hombre raíces y esperanzas,
y llueve sal, y esparce calaveras.

Verdura de las eras,
¿qué tiempo prevalece la alegría?
El sol pudre la sangre, la cubre de asechanzas
y hace brotar la sombra más sombría.

El dolor y su manto
vienen una vez más a nuestro encuentro.
Y una vez más al callejón del llanto
lluviosamente entro.

Siempre me veo dentro
de esta sombra de acíbar revocada,
amasada con ojos y bordones,
que un candil de agonía tiene puesto a la entrada
y un rabioso collar de corazones.

Llorar dentro de un pozo,
en la misma raíz desconsolada
del agua, del sollozo,
del corazón quisiera:
donde nadie me viera la voz ni la mirada,
ni restos de mis lágrimas me viera.

Entro despacio, se me cae la frente
despacio, el corazón se me desgarra
despacio, y despaciosa y negramente
vuelvo a llorar al pie de una guitarra.

Entre todos los muertos de elegía,
sin olvidar el eco de ninguno,
por haber resonado más en el alma mía,
la mano de mi llanto escoge uno.

Federico García
hasta ayer se llamó: polvo se llama.
Ayer tuvo un espacio bajo el día
que hoy el hoyo le da bajo la grama.

¡Tanto fue! ¡Tanto fuiste y ya no eres!
Tu agitada alegría,
que agitaba columnas y alfileres,
de tus dientes arrancas y sacudes,
y ya te pones triste, y sólo quieres
ya el paraíso de los ataúdes.

Vestido de esqueleto,
durmiéndote de plomo,
de indiferencia armado y de respeto,
te veo entre tus cejas si me asomo.

Se ha llevado tu vida de palomo,
que ceñía de espuma
y de arrullos el cielo y las ventanas,
como un raudal de pluma
el viento que se lleva las semanas.

Primo de las manzanas,
no podrá con tu savia la carcoma,
no podrá con tu muerte la lengua del gusano,
y para dar salud fiera a su poma
elegirá tus huesos el manzano.

Cegado el manantial de tu saliva,
hijo de la paloma,
nieto del ruiseñor y de la oliva:
serás, mientras la tierra vaya y vuelva,
esposo siempre de la siempreviva,
estiércol padre de la madreselva.

¡Qué sencilla es la muerte: qué sencilla,
pero qué injustamente arrebatada!
No sabe andar despacio, y acuchilla
cuando menos se espera su turbia cuchillada.

Tú, el más firme edificio, destruido,
tú, el gavilán más alto, desplomado,
tú, el más grande rugido,
callado, y más callado, y más callado.

Caiga tu alegre sangre de granado,
como un derrumbamiento de martillos feroces,
sobre quien te detuvo mortalmente.
Salivazos y hoces
caigan sobre la mancha de su frente.

Muere un poeta y la creación se siente
herida y moribunda en las entrañas.
Un cósmico temblor de escalofríos
mueve temiblemente las montañas,
un resplandor de muerte la matriz de los ríos.

Oigo pueblos de ayes y valles de lamentos,
veo un bosque de ojos nunca enjutos,
avenidas de lágrimas y mantos:
y en torbellinos de hojas y de vientos,
lutos tras otros lutos y otros lutos,
llantos tras otros llantos y otros llantos.

No aventarán, no arrastrarán tus huesos,
volcán de arrope, trueno de panales,
poeta entretejido, dulce, amargo,
que el calor de los besos
sentiste, entre dos largas hileras de puñales,
largo amor, muerte larga, fuego largo.

Por hacer a tu muerte compañía,
vienen poblando todos los rincones
del cielo y de la tierra bandadas de armonía,
relámpagos de azules vibraciones.
Crótalos granizados a montones,
batallones de flautas, panderos y gitanos,
ráfagas de abejorros y violines,
tormentas de guitarras y pianos,
irrupciones de trompas y clarines.

Pero el silencio puede más que tanto instrumento.

Silencioso, desierto, polvoriento
que la muerte desierta,
parece que tu lengua, que tu aliento,
los ha cerrado el golpe de una puerta.

Como si paseara con tu sombra,
paseo con la mía
por una tierra que el silencio alfombra,
que el ciprés apetece más sombría.

Rodea mi garganta tu agonía
como un hierro de horca
y pruebo una bebida funeraria.
Tú sabes, Federico García Lorca,
que soy de los que gozan una muerte diaria.
 

 

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                        Las manos

 

Dos especies de manos se enfrentan en la vida,
brotan del corazón, irrumpen por los brazos,
saltan, y desembocan sobre la luz herida
a golpes, a zarpazos.

La mano es la herramienta del alma, su mensaje,
y el cuerpo tiene en ella su rama combatiente.
Alzad, moved las manos en un gran oleaje,
hombres de mi simiente.

Ante la aurora veo surgir las manos puras
de los trabajadores terrestres y marinos,
como una primavera de alegres dentaduras,
de dedos matutinos.

Endurecidamente pobladas de sudores,
retumbantes las venas desde las uñas rotas,
constelan los espacios de andamios y clamores,
relámpagos y gotas.

Conducen herrerías, azadas y telares,
muerden metales, montes, raptan hachas, encinas,
y construyen, si quieren, hasta en los mismos mares
fábricas, pueblos, minas.

Estas sonoras manos oscuras y lucientes
las reviste una piel de invencible corteza,
y son inagotables y generosas fuentes
de vida y de riqueza.

Como si con los astros el polvo peleara,
como si los planetas lucharan con gusanos,
la especie de las manos trabajadora y clara
lucha con otras manos.

Feroces y reunidas en un bando sangriento
avanzan al hundirse los cielos vespertinos
unas manos de hueso lívido y avariento,
paisaje de asesinos.

No han sonado: no cantan. Sus dedos vagan roncos,
mudamente aletean, se ciernen, se propagan.
Ni tejieron la pana, ni mecieron los troncos,
y blandas de ocio vagan.

Empuñan crucifijos y acaparan tesoros
que a nadie corresponden sino a quien los labora,
y sus mudos crepúsculos absorben los sonoros
caudales de la aurora.

Orgullo de puñales, arma de bombardeos
con un cáliz, un crimen y un muerto en cada uña:
ejecutoras pálidas de los negros deseos
que la avaricia empuña.

¿Quién lavará estas manos fangosas que se extienden
al agua y la deshonran, enrojecen y estragan?
Nadie lavará manos que en el puñal se encienden
y en el amor se apagan.

Las laboriosas manos de los trabajadores
caerán sobre vosotras con dientes y cuchillas.
Y las verán cortadas tantos explotadores
en sus mismas rodillas.


 

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             Fuerza del manzanares
 

    La voz de bronce no hay quien la estrangule:
    mi voz de bronce no hay quien la corrompa.
    No puede ser ni que el silencio anule
    su soplo ejecutivo de pasión y de trompa.

    Con esta voz templada al fuego vivo,
    amasada en un bronce de p
    esares,
    salgo a la puerta eterna del olivo,
    y dejo dicho entre los olivares...

    El río Manzanares,
    un traje inexpugnable de soldado
    tejido por la bala y la ribera,
    sobre su adolescencia de juncos ha colgado.

    Hoy es un río y antes no lo era:
    era una gota de metal mezquino,
    un arenal apenas transitado,
    sin gloria y sin destino.

    Hoy es un trinchera
    de agua que no reduce nadie, nada,
    tan relampagueante que parece
    en la carne del mismo sol cavada.

    El leve Manzanares se merece
    ser mar entre los mares.

    Al mar, al tiempo, al sol, a este río que crece,
    jamás podrás herirlos por más que les dispares.

    Tus aguas de pequeña muchedumbre,
    ay río de Madrid, yo he defendido,
    y la ciudad que al lado es una cumbre
    de diamante agresor y esclarecido.

    Cansado acaso, pero no vencido,
    sale de sus jornadas el soldado.
    En la boca le canta una cigarra
    y otra heroica cigarra en el costado.

    ¿Adónde fue el colmillo con la garra?

    La hiena no ha pasado
    a donde más quería.

    Madrid sigue en su puesto ante la hiena,
    con su altura de día.

    Una torre de arena
    ante Madrid y el río se derrumba.

    En todas las paredes está escrito:
    Madrid será tu tumba.

    Y alguien cavó ya el hoyo de este grito.

    Al río Manzanares lo hace crecer la vena
    que no se agota nunca y enriquece.

    A fuerza de batallas y embestidas,
    crece el río que crece
    bajo los afluentes que forman las heridas.

    Camino de ser mar va el Manzanares:
    rojo y cálido avanza
    a regar, además del Tajo y de los mares,
    donde late un obrero de esperanza.

    Madrid, por él regado, se abalanza
    detrás de sus balcones y congojas,
    grabado en un rubí de lontananza
    con las paredes cada vez más rojas.

    Chopos que a los soldados
    levanta monumentos vegetales,
    un resplandor de huesos liberados
    lanzan alegremente sobre los hospitales.

    El alma de Madrid inunda las naciones,
    el Manzanares llega triunfante al infinito,
    pasa como la historia sonando sus renglones,
    y en el sabor del tiempo queda escrito.
     

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    Sentado sobre los muertos

 

Sentado sobre los muertos
que se han callado en dos meses,
beso zapatos vacíos
y empuño rabiosamente
la mano del corazón
y el alma que lo sostiene.

Que mi voz suba a los montes
y baje a la tierra y truene,
eso pide mi garganta
desde ahora y desde siempre.

Acércate a mi clamor,
pueblo de mi misma leche,
árbol que con tus raíces
encarcelado me tienes,
que aquí estoy yo para amarte
y estoy para defenderte
con la sangre y con la boca
como dos fusiles fieles.

Si yo salí de la tierra,
si yo he nacido de un vientre
desdichado y con pobreza,
no fue sino para hacerme
ruiseñor de las desdichas,
eco de la mala suerte,
y cantar y repetir
a quien escucharme debe
cuanto a penas, cuanto a pobres,
cuanto a tierra se refiere.

Ayer amaneció el pueblo
desnudo y sin qué comer,
y el día de hoy amanece
justamente aborrascado
y sangriento justamente.
En su mano los fusiles
leones quieren volverse:
para acabar con las fieras
que lo han sido tantas veces.

Aunque le faltan las armas,
pueblo de cien mil poderes,
no desfallezcan tus huesos,
castiga a quien te malhiere
mientras que te queden puños,
uñas, saliva, y te queden
corazón, entrañas, tripas,
cosas de varón y dientes.
Bravo como el viento bravo,
leve como el aire leve,
asesina al que asesina,
aborrece al que aborrece
la paz de tu corazón
y el vientre de tus mujeres.
No te hieran por la espalda,
vive cara a cara y muere
con el pecho ante las balas,
ancho como las paredes.

Canto con la voz de luto,
pueblo de mí, por tus héroes:
tus ansias como las mías,
tus desventuras que tienen
del mismo metal el llanto,
las penas del mismo temple,
y de la misma madera
tu pensamiento y mi frente,
tu corazón y mi sangre,
tu dolor y mis laureles.
Antemuro de la nada
esta vida me parece.

Aquí estoy para vivir
mientras el alma me suene,
y aquí estoy para morir,
cuando la hora me llegue,
en los veneros del pueblo
desde ahora y desde siempre.
Varios tragos es la vida
y un solo trago es la muerte.

 

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Nanas de la cebolla

La cebolla es escarcha
cerrada y pobre:
escarcha de tus días
y de mis noches.
Hambre y cebolla:
hielo negro y escarcha
grande y redonda.

En la cuna del hambre
mi niño estaba.
Con sangre de cebolla
se amamantaba.
Pero tu sangre,
escarchada de azúcar,
cebolla y hambre.

Una mujer morena,
resuelta en luna,
se derrama hilo a hilo
sobre la cuna.
Ríete, niño,
que te tragas la luna
cuando es preciso.

Alondra de mi casa,
ríete mucho.
Es tu risa en los ojos
la luz del mundo.
Ríete tanto
que en el alma al oírte,
bata el espacio.

Tu risa me hace libre,
me pone alas.
Soledades me quita,
cárcel me arranca.
Boca que vuela,
corazón que en tus labios
relampaguea.

Es tu risa la espada
más victoriosa.
Vencedor de las flores
y las alondras.
Rival del sol.
Porvenir de mis huesos
y de mi amor.

La carne aleteante,
súbito el párpado,
el vivir como nunca
coloreado.
¡Cuánto jilguero
se remonta, aletea,
desde tu cuerpo!

Desperté de ser niño.
Nunca despiertes.
Triste llevo la boca.
Ríete siempre.
Siempre en la cuna,
defendiendo la risa
pluma por pluma.

Ser de vuelo tan alto,
tan extendido,
que tu carne parece
cielo cernido.
¡Si yo pudiera
remontarme al origen
de tu carrera!

Al octavo mes ríes
con cinco azahares.
Con cinco diminutas
ferocidades.
Con cinco dientes
como cinco jazmines
adolescentes.

Frontera de los besos
serán mañana,
cuando en la dentadura
sientas un arma.
Sientas un fuego
correr dientes abajo
buscando el centro.

Vuela niño en la doble
luna del pecho.
Él, triste de cebolla.
Tú, satisfecho.
No te derrumbes.
No sepas lo que pasa
ni lo que ocurre.

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Llamo al toro de España

Alza, toro de España: levántate, despierta.
Despiértate del todo, toro de negra espuma,
que respiras la luz y rezumas la sombra,
y concentras los mares bajo tu piel cerrada.

Despiértate.

Despiértate del todo, que te veo dormido,
un pedazo del pecho y otro de la cabeza:
que aún no te has despertado como despierta un toro
cuando se le acomete con traiciones lobunas.

Levántate.

Resopla tu poder, despliega tu esqueleto,
enarbola tu frente con las rotundas hachas,
con las dos herramientas de asustar a los astros,
de amenazar al cielo con astas de tragedia.

Esgrímete.

Toro en la primavera más toro que otras veces,
en España más toro, toro, que en otras partes.
Más cálido que nunca, más volcánico, toro,
que irradias, que iluminas al fuego, yérguete.

Desencadénate.

Desencadena el raudo corazón que te orienta
por las plazas de España, sobre su astral arena.
A desollarte vivo vienen lobos y águilas
que han envidiado siempre tu hermosura de pueblo.

Yérguete.

No te van a castrar: no dejarás que llegue
hasta tus atributos de varón abundante
esa mano felina que pretende arrancártelos
de cuajo, impunemente: pataléalos, toro.

Víbrate.

No te van a absorber la sangre de riqueza,
no te arrebatarán los ojos minerales.
La piel donde recoge resplandor el lucero
no arrancarán del toro de torrencial mercurio.

Revuélvete.

Es como si quisieran arrancar la piel al sol,
al torrente la espuma con uña y picotazo.
No te van a castrar, poder tan masculino
que fecundas la piedra; no te van a castrar.

Truénate.

No retrocede el toro: no da un paso hacia atrás
si no es para escarbar sangre y furia en la arena,
unir todas sus fuerzas, y desde las pezuñas
abalanzarse luego con decisión de rayo.

Abalánzate.

Gran toro que en el bronce y en la piedra has mamado,
y en el granito fiero paciste la fiereza:
revuélvete en el alma de todos los que han visto
la luz primera en esta península ultrajada.

Revuélvete.

Partido en dos pedazos, este toro de siglos,
este toro que dentro de nosotros habita:
partido en dos mitades, con una mataría
y con la otra mitad moriría luchando.

Atorbellínate.

De la airada cabeza que fortalece el mundo,
del cuello como un bloque de titanes en marcha,
brotará la victoria como un ancho bramido
que hará sangrar al mármol y sonar a la arena.

Sálvate.

Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
Atorbellínate, toro: revuélvete.
Sálvate, denso toro de emoción y de España.

Sálvate.

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La vejez en los pueblos

La vejez en los pueblos.
El corazón sin dueño.
El amor sin objeto.
La hierba, el polvo, el cuervo.
¿Y la juventud?

En el ataúd.

El árbol, solo y seco.
La  mujer, como un leño
de viudez sobre el lecho.
El odio, sin remedio.
¿Y la juventud?

En el ataúd.

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El herido

                       I

Por los campos luchados se extienden los heridos.
Y de aquella extensión de cuerpos luchadores
salta un trigal de chorros calientes, extendidos
en roncos surtidores.

La sangre llueve siempre boca arriba, hacia el cielo.
Y las heridas suenan, igual que caracolas,
cuando hay en las heridas celeridad de vuelo,
esencia de las olas.

La sangre huele a mar, sabe a mar y a bodega.
La bodega del mar, del vino bravo, estalla
allí donde el herido palpitante se anega,
y florece, y se halla.

Herido estoy, miradme: necesito más vidas.
La que contengo es poca para el gran cometido
de sangre que quisiera perder por las heridas.
Decid quién no fue herido.

Mi vida es una herida de juventud dichosa.
¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente
herido por la vida, ni en la vida reposa
herido alegremente!

Si hasta a los hospitales se va con alegría,
se convierten en huertos de heridas entreabiertas,
de adelfos florecidos ante la cirugía.
de ensangrentadas puertas.

                     II

Para la libertad sangro, lucho, pervivo.
Para la libertad, mis ojos y mis manos,
como un árbol carnal, generoso y cautivo,
doy a los cirujanos.

Para la libertad siento más corazones
que arenas en mi pecho: dan espumas mis venas,
y entro en los hospitales, y entro en los algodones
como en las azucenas.

Para la libertad me desprendo a balazos
de los que han revolcado su estatua por el lodo.
Y me desprendo a golpes de mis pies, de mis brazos,
de mi casa, de todo.

Porque donde unas cuencas vacías amanezcan,
ella pondrá dos piedras de futura mirada
y hará que nuevos brazos y nuevas piernas crezcan
en la carne talada.

Retoñarán aladas de savia sin otoño
reliquias de mi cuerpo que pierdo en cada herida.
Porque soy como el árbol talado, que retoño:
porque aún tengo la vida.

 

 

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Imagen de tu huella 

               I

    Astros momificados y bravíos
    sobre cielos de abismos y barrancas
    como densas coronas de carlancas
    y de erizados pensamientos míos.

    Bajo la luz mortal de los estíos,
    zancas y uñas se os ponen oriblancas,
    y os azuzáis las uñas y las zancas
    ¡en qué airados y eternos desafíos!

    ¡Qué dolor vuestro tacto y vuestra vista!
    intimidáis los ánimos más fuertes,
    anatómicas penas vegetales

    Todo es peligro de agresiva arista,
    sugerencia de huesos y de muertes,
    inminencia de hogueras y de males.


     

              II

    Mis ojos, sin tus ojos, no son ojos,
    que son dos hormigueros solitarios,
    y son mis manos sin las tuyas varios
    intratables espinos a manojos..

    No me encuentro los labios sin tus rojos,
    que me llenan de dulces campanarios,
    sin ti mis pensamientos son calvarios
    criando nardos y agostando hinojos.

    No sé qué es de mi oreja sin tu acento,
    ni hacia qué polo yerro sin tu estrella,
    y mi voz sin tu trato se afemina.

    Los olores persigo de tu viento
    y la olvidada imagen de tu huella,
    que en ti principia, amor, y en mí termina.


     

              III  

    Ya se desembaraza y se desmembra
    el angélico lirio de la cumbre,
    y al desembarazarse da un relumbre
    que de un puro relámpago me siembra.

    Es el tiempo del macho y de la hembra,
    y una necesidad, no una costumbre,
    besar, amar en medio de esta lumbre
    que el destino decide de la siembra.

    Toda la creación busca pareja:
    se persiguen los picos y los huesos,
    hacen la vida par todas las cosas.

    En una soledad impar que aqueja,
    yo entre esquilas sonantes como besos
    y corderas atentas como esposas.

     

              IV

    Pirotécnicos pórticos de azahares,
    que glorificarán los ruy-señores
    pronto con sus noctámbulos ardores,
    conciertan los amargos limonares.

    Entusiasman los aires de cantares
    fervorosos y alados contramores,
    y el giratorio mundo va a mayores
    por arboledas, campos y lugares.

    La sangre está llegando a su apogeo
    en torno a las criaturas, como palma
    de ansia y de garganta inagotable.

    ¡Oh, primavera verde de deseo,
    qué martirio tu vista dulce y alma
    para quien anda solo y miserable!
     

.

 

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El rayo que no cesa

      1

    Un carnívoro cuchillo
    de ala dulce y homicida
    sostiene un vuelo y un brillo
    alrededor de mi vida.

    Rayo de metal crispado
    fulgentemente caído,
    picotea mi costado
    y hace en él un triste nido.

    Mi sien, florido balcón
    de mis edades tempranas,
    negra está, y mi corazón,
    y mi corazón con canas.

    Tal es la mala virtud
    del rayo que me rodea,
    que voy a mi juventud
    como la luna a mi aldea.

    Recojo con las pestañas
    sal del alma y sal del ojo
    y flores de telarañas
    de mis tristezas recojo.

    ¿A dónde iré que no vaya
    mi perdición a buscar?
    Tu destino es de la playa
    y mi vocación del mar.

    Descansar de esta labor
    de huracán, amor o infierno
    no es posible, y el dolor
    me hará a mi pesar eterno.

    Pero al fin podré vencerte,
    ave y rayo secular,
    corazón, que de la muerte
    nadie ha de hacerme dudar.

    Sigue, pues, sigue cuchillo,
    volando, hiriendo. Algún día
    se pondrá el tiempo amarillo
    sobre mi fotografía.


     

        2

    ¿No cesará este rayo que me habita
    el corazón de exasperadas fieras
    y de fraguas coléricas y herreras
    donde el metal más fresco se marchita?

    ¿No cesará esta terca estalactita
    de cultivar sus duras cabelleras
    como espadas y rígidas hogueras
    hacia mi corazón que muge y grita?

    Este rayo ni cesa ni se agota:
    de mí mismo tomó su procedencia
    y ejercita en mí mismo sus furores.

    Esta obstinada piedra de mí brota
    y sobre mí dirige la insistencia
    de sus lluviosos rayos destructores.


     

        3

    Guiando un tribunal de tiburones,
    como con dos guadañas eclipsadas,
    con dos cejas tiznadas y cortadas
    de tiznar y cortar los corazones,

    en el mío has entrado, y en él pones
    una red de raíces irritadas,
    que avariciosamente acaparadas
    tiene en su territorio sus pasiones.

    Sal de mi corazón, del que me has hecho
    un girasol sumiso y amarillo
    al dictamen solar que tu ojo envía:

    un terrón para siempre insatisfecho,
    un pez embotellado y un martillo
    harto de golpear en la herrería.


     

        4

    Me tiraste un limón, y tan amargo
    con una mano cálida, y tan pura,
    que no menoscabó su arquitectura
    y probé su amargura sin embargo.

    Con el golpe amarillo, de un letargo
    dulce pasó a una ansiosa calentura
    mi sangre, que sintió una mordedura
    de una punta de seno duro y largo.

    Pero al mirarte y verte la sonrisa
    que te produjo el limonado hecho,
    a mi voraz malicia tan ajena,

    se me durmió la sangre en la camisa,
    y se volvió el poroso y áureo pecho
    una picuda y deslumbrante pena.


     

        5

    Tu corazón, una naranja helada
    con un dentro sin luz de dulce miera
    y una porosa vista de oro: un fuera
    venturas prometiendo a la mirada.

    Mi corazón, una febril granada
    de agrupado rubor y abierta cera,
    que sus tiernos collares te ofreciera
    con una obstinación enamorada.

    ¡Ay, qué acometimiento de quebranto
    ir a tu corazón y hallar un hielo
    de irreductible y pavorosa nieve!

    Por los alrededores de mi llanto
    un pañuelo sediento va de vuelo
    con la esperanza de que en él lo abreve.


     

        6

    Umbrío por la pena, casi bruno,
    porque la pena tizna cuando estalla,
    donde yo no me hallo no se halla
    hombre más apenado que ninguno.

    Sobre la pena duermo solo y uno,
    pena es mi paz y pena mi batalla,
    perro que ni me deja ni se calla,
    siempre a su dueño fiel, pero importuno.

    Cardos y penas llevo por corona,
    cardos y penas siembran sus leopardos
    y no me dejan bueno hueso alguno.

    No podrá con la pena mi persona
    rodeada de penas y cardos:
    ¡cuánto penar para morirse uno!


     

        7

    Después de haber cavado este barbecho
    me tomaré un descanso por la grama
    y beberé del agua que en la rama
    su esclava nieve aumenta en mi provecho.

    Todo el cuerpo me huele a recién hecho
    por el jugoso fuego que lo inflama
    y la creación que adoro se derrama
    a mi mucha fatiga como un lecho.

    Se tomará un descanso el hortelano
    y entretendrá sus penas combatiendo
    por el salubre sol y el tiempo manso.

    Y otra vez, inclinado cuerpo y mano,
    seguirá ante la tierra perseguido
    por la sombra del último descanso.


     

        8

    Por tu pie, la blancura más bailable,
    donde cesa en diez partes tu hermosura,
    una paloma sube a tu cintura,
    baja a la tierra un nardo interminable.

    Con tu pie vas poniendo lo admirable
    del nácar en ridícula estrechura,
    y donde va tu pie va la blancura,
    perro sembrado de jazmín calzable.

    A tu pie, tan espuma como playa,
    arena y mar me arrimo y desarrimo
    y al redil de su planta entrar procuro.

    Entro y dejo que el alma se me vaya
    por la voz amorosa del racimo:
    pisa mi corazón que ya es maduro.


     

        9

    Fuera menos penado si no fuera
    nardo tu tez para mi vista, nardo,
    cardo tu piel para mi tacto, cardo,
    tuera tu voz para mi oído, tuera.

    Tuera es tu voz para mi oído, tuera,
    y ardo en tu voz y en tu alrededor ardo,
    y tardo a arder lo que a ofrecerte tardo
    miera, mi voz para la tuya miera.

    Zarza es tu mano si la tiento, zarza,
    ola tu cuerpo si la alcanzo, ola,
    cerca una vez pero un millar no cerca.

    Garza es mi pena, esbelta y triste garza,
    sola como un suspiro y un ay, sola,
    terca en su error y en su desgracia terca.


     

        10

    Tengo estos huesos hechos a las penas
    y a las cavilaciones estas sienes:
    pena que vas, cavilación que vienes
    como el mar de la playa a las arenas.

    Como el mar de la playa a las arenas,
    voy en este naufragio de vaivenes,
    por una noche oscura de sartenes
    redondas, pobres, tristes y morenas.

    Nadie me salvará de este naufragio
    si no es tu amor, la tabla que procuro,
    si no es tu voz, el norte que pretendo.

    Eludiendo por eso el mal presagio
    de que ni en ti siquiera habré seguro,
    voy entre pena y pena sonriendo.


     

        11

    Te me mueres de casta y de sencilla:
    estoy convicto, amor, estoy confeso
    de que, raptor intrépido de un beso,
    yo te libé la flor de la mejilla.

    Yo te libé la flor de la mejilla,
    y desde aquella gloria, aquel suceso,
    tu mejilla, de escrúpulo y de peso,
    se te cae deshojada y amarilla.

    El fantasma del beso delincuente
    el pómulo te tiene perseguido,
    cada vez más patente, negro y grande.

    Y sin dormir estás, celosamente,
    vigilando mi boca ¡con qué cuido!
    para que no se vicie y se desmande.


     

        12

    Una querencia tengo por tu acento
    una apetencia por tu compañía
    y una dolencia de melancolía
    por la ausencia del aire de tu viento.

    Paciencia necesita mi tormento,
    urgencia de tu garza galanía,
    tu clemencia solar mi helado día,
    tu asistencia la herida en que lo cuento.

    ¡Ay querencia, dolencia y apetencia!:
    tus sustanciales besos, mi sustento,
    me faltan y me muero sobre mayo.

    Quiero que vengas, flor, desde tu ausencia.
    a serenar la sien del pensamiento
    que desahoga en mí su eterno rayo.


     

        13

    Mi corazón no puede con la carga
    de su amorosa y lóbrega tormenta
    y hasta mi lengua eleva la sangrienta
    especie clamorosa que lo embarga.

    Ya es corazón mi lengua lenta y larga,
    mi corazón y es lengua larga y lenta...
    ¿Quieres contar sus penas? Anda y cuenta
    los dulces granos de la arena amarga.

    Mi corazón no puede más de triste:
    con el flotante espectro de un ahogado
    vuela en la sangre y se hunde sin apoyo.

    Y ayer, dentro del tuyo, me escribiste
    que de nostalgia tienes inclinado
    medio cuerpo hacia mí, medio hacia el hoyo.


     

        14

    Silencio de metal triste y sonoro,
    espadas congregando con amores
    en el final de huesos destructores
    de la región volcánica del toro.

    Una humedad de femenino oro
    que olió puso en su sangre resplandores,
    y refugió un bramido entre las flores
    como un huracanado y vasto lloro.

    De amorosas y cálidas cornadas
    cubriendo está los trebolares tiernos
    con el dolor de mil enamorados.

    Bajo su piel las furias refugiadas
    son en el nacimiento de sus cuernos
    pensamientos de muerte edificados.


     

        15

    Me llamo barro aunque Miguel me llame.
    Barro es mi profesión y mi destino
    que mancha con su lengua cuanto lame.

    Soy un triste instrumento del camino.
    Soy una lengua dulcemente infame
    a los pies que idolatro desplegada.

    Como un nocturno buey de agua y barbecho
    que quiere ser criatura idolatrada,
    embisto a tus zapatos y a sus alrededores,
    y hecho de alfombras y de besos hecho
    tu talón que me injuria beso y siembro de flores.

    Coloco relicarios de mi especie
    a tu talón mordiente, a tu pisada,
    y siempre a tu pisada me adelanto
    para que tu impasible pie desprecie
    todo el amor que hacia tu pie levanto.

    Más mojado que el rostro de mi llanto,
    cuando el vidrio lanar del hielo bala,
    cuando el invierno tu ventana cierra
    bajo a tus pies un gavilán de ala,
    de ala manchada y corazón de tierra
    Bajo a tus pies un ramo derretido
    de humilde miel pataleada y sola,
    un despreciado corazón caído
    en forma de alga y en figura de ola.

    Barro en vano me invisto de amapola,
    barro en vano vertiendo voy mis brazos,
    barro en vano te muerdo los talones,
    dándole a malheridos aletazos
    sapos como convulsos corazones.

    Apenas si me pisas, si me pones
    la imagen de tu huella sobre encima,
    se despedaza y rompe la armadura
    de arrope bipartido que me ciñe la boca
    en carne viva y pura,
    pidiéndote a pedazos que la oprima
    siempre tu pie de liebre libre y loca.

    Su taciturna nata se arracima,
    los sollozos agitan su arboleda
    de lana cerebral bajo tu paso.
    Y pasas, y se queda
    incendiando su cera de invierno ante el ocaso,
    mártir, alhaja y pasto de la rueda.

    Harto de someterse a los puñales
    circulantes del carro y la pezuña,
    teme del barro un parto de animales
    de corrosiva piel y vengativa uña.

    Teme que el barro crezca en un momento,
    teme que crezca y suba y cubra tierna,
    tierna y celosamente
    tu tobillo de junco, mi tormento,
    teme que inunde el nardo de tu pierna
    y crezca más y ascienda hasta tu frente.

    Teme que se levante huracanado
    del bando territorio del invierno
    y estalle y truene y caiga diluviado
    sobre tu sangre duramente tierno.

    Teme un asalto de ofendida espuma
    y teme un amoroso cataclismo.

    Antes que la sequía lo consuma
    el barro ha de volverte de lo mismo.


     

        16

    Si la sangre también, como el cabello,
    con el dolor y el tiempo encaneciera,
    mi sangre, roja hasta el carbunclo, fuera
    pálida hasta el temor y hasta el destello.

    Desde que me conozco me querello
    tanto de tanto andar de fiera en fiera
    sangre, y ya no es mi sangre una nevera
    porque la nieve no se ocupa de ello.

    Si el tiempo y el dolor fueran de plata
    surcada como van diciendo quienes
    a sus obligatorias y verdugas

    reliquias dan lugar, como la nata,
    mi corazón tendría ya las sienes
    espumosas de canas y de arrugas.


     

        17

 

    El toro sabe al fin de la corrida,
    donde prueba su chorro repentino,
    que el sabor de la muerte es el de un vino
    que el equilibrio impide de la vida.

    Respira corazones por la herida
    desde un gigante corazón vecino,
    y su vasto poder de piedra y pino
    cesa debilitado en la caída.

    Y como el toro tú, mi sangre astada,
    que el cotidiano cáliz de la muerte,
    edificado con un turbio acero,

    vierte sobre mi lengua un gusto a espada
    diluida en un vino espeso y fuerte
    desde mi corazón donde me muero.


     

        18

    Ya de su creación, tal vez, alhaja
    algún sereno aparte campesino
    el algarrobo, el haya, el roble, el pino
    que ha de dar la materia de mi caja.

    Ya, tal vez, la combate y trabaja
    el talador con ímpetu asesino
    y, tal vez, por la cuesta del camino
    sangrando sube y resonando baja.

    Ya, tal vez, la reduce a geometría,
    a pliegos aplanados quien apresta
    el último refugio a todo vivo.

    Y cierta y sin tal vez, la tierra umbría
    desde la eternidad está dispuesta
    a recibir mi adiós definitivo.


     

        19

    Yo sé que ver y oír a un triste enfada
    cuando se viene y va de la alegría
    como un mar meridiano a una bahía,
    a una región esquiva y desolada.

    Lo que he sufrido y nada todo es nada
    para lo que me queda todavía
    que sufrir, el rigor de esta agonía
    de andar de este cuchillo a aquella espada.

    Me callaré, me apartaré si puedo
    con mi constante pena, instante, plena,
    a donde ni has de oírme ni he de verte.

    Me voy, me voy, me voy, pero me quedo,
    pero me voy, desierto y sin arena:
    adiós, amor, adiós, hasta la muerte.


     

        20

    No me conformo, no: me desespero
    como si fuera un huracán de lava
    en el presidio de una almendra esclava
    o en el penal colgante de un jilguero.

    Besarte fue besar un avispero
    que me clama al tormento y me desclava
    y cava un hoyo fúnebre y lo cava
    dentro del corazón donde me muero.

    No me conformo, no: ya es tanto y tanto
    idolatrar la imagen de tu beso
    y perseguir el curso de tu aroma.

    Un enterrado vivo por el llanto,
    una revolución dentro de un hueso,
    un rayo soy sujeto a una redoma.


     

        21

    ¿Recuerdas aquel cuello, haces memoria
    del privilegio aquel, de aquel aquello
    que era, almenadamente blanco y bello,
    una almena de nata giratoria?

    Recuerdo y no recuerdo aquella historia
    de marfil expirado en un cabello,
    donde aprendió a ceñir el cisne cuello
    y a vocear la nieve transitoria.

    Recuerdo y no recuerdo aquel cogollo
    de estrangulable hielo femenino
    como una lacteada y breve vía.

    Y recuerdo aquel beso sin apoyo
    que quedó entre mi boca y el camino
    de aquel cuello, aquel beso y aquel día.


     

        22

    Vierto la red, esparzo la semilla
    entre ovas, aguas, surcos y amapolas,
    sembrando a secas y pescando a solas
    de corazón ansioso y de mejilla.

    Espero a que recaiga en esta arcilla
    la lluvia con sus crines y sus colas,
    relámpagos sujetos a olas
    desesperando espero en esta orilla.

    Pero transcurren lunas y más lunas,
    aumenta de mirada mi deseo
    y no crezco en espigas o en pescados.

    Lunas de perdición como ningunas,
    porque sólo recojo y sólo veo
    piedras como diamantes eclipsados.


     

        23

    Como el toro he nacido para el luto
    y el dolor, como el toro estoy marcado
    por un hierro infernal en el costado
    y por varón en la ingle con un fruto.

    Como el toro la encuentra diminuto
    todo mi corazón desmesurado,
    y del rostro del beso enamorado,
    como el toro a tu amor se lo disputo.

    Como el toro me crezco en el castigo,
    la lengua en corazón tengo bañada
    y llevo al cuello un vendaval sonoro.

    Como el toro te sigo y te persigo,
    y dejas mi deseo en una espada,
    como el toro burlado, como el toro.


     

        24

    Fatiga tanto andar sobre la arena
    descorazonadora de un desierto,
    tanto vivir en la ciudad de un puerto
    si el corazón de barcos no se llena.

    Angustia tanto el son de la sirena
    oído siempre en un anclado huerto,
    tanto la campanada por el muerto
    que en el otoño y en la sangre suena,

    que un dulce tiburón, que una manada
    de inofensivos cuernos recentales,
    habitándome días, meses y años,

    ilustran mi garganta y mi mirada
    de sollozos de todos los metales
    y de fieras de todos los tamaños.


     

        25

    Al derramar tu voz su mansedumbre
    de miel bocal, y al puro bamboleo,
    en mis terrestres manos el deseo
    sus rosas pone al fuego de costumbre.

    Exasperado llego hasta la cumbre
    de tu pecho de isla, y lo rodeo
    de un ambicioso mar y un pataleo
    de exasperados pétalos de lumbre.

    Pero tú te defiendes con murallas
    de mis alteraciones codiciosas
    de sumergirse en tierras y océanos.

    Por piedra pura, indiferente, callas:
    callar de piedra, que otras y otras rosas
    me pones y me pones en las manos.


     

        26

    Por una senda van los hortelanos,
    que es la sagrada hora del regreso,
    con la sangre injuriada por el peso
    de inviernos, primaveras y veranos.

    Vienen de los esfuerzos sobrehumanos
    y van a la canción, y van al beso,
    y van dejando por el aire impreso
    un olor de herramientas y de manos.

    Por otra senda yo, por otra senda
    que no conduce al beso aunque es la hora,
    sino que merodea sin destino.

    Bajo su frente trágica y tremenda,
    un toro solo en la ribera llora
    olvidando que es toro y masculino.


     

        27

    Lluviosos ojos que lluviosamente
    me hacéis penar: lluviosas soledades,
    balcones de las rudas tempestades
    que hay en mi corazón adolescente.

    Corazón cada día más frecuente
    en para idolatrar criar ciudades
    de amor que caen de todas mis edades
    babilónicamente y fatalmente.

    Mi corazón, mis ojos sin consuelo,
    metrópolis de atmósfera sombría
    gastadas por un río lacrimoso.

    Ojos de ver y no gozar el cielo,
    corazón de naranja cada día,
    si más envejecido, más sabroso.


     

        28

    La muerte, toda llena de agujeros
    y cuernos de su mismo desenlace,
    bajo una piel de toro pisa y pace
    un luminoso prado de toreros.

    Volcánicos bramidos, humos fieros
    de general amor por cuanto nace,
    a llamaradas echa mientras hace
    morir a tranquilos ganaderos.

    Ya puedes, amorosa fiera hambrienta,
    pastar mi corazón, trágica grama,
    si te gusta lo amargo de su asunto.

    Un amor hacia todo me atormenta
    como a ti, y hacia todo se derrama
    mi corazón vestido de difunto.


     

        29

      (En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería.)

 

    Yo quiero ser llorando el hortelano
    de la tierra que ocupas y estercolas,
    compañero del alma, tan temprano.

    Alimentando lluvias, caracolas
    y órganos mi dolor sin instrumento,
    a las desalentadas amapolas

    daré tu corazón por alimento.
    Tanto dolor se agrupa en mi costado,
    que por doler me duele hasta el aliento.

    Un manotazo duro, un golpe helado,
    un hachazo invisible y homicida,
    un empujón brutal te ha derribado.

    No hay extensión más grande que mi herida,
    lloro mi desventura y sus conjuntos
    y siento más tu muerte que mi vida.

    Ando sobre rastrojos de difuntos,
    y sin calor de nadie y sin consuelo
    voy de mi corazón a mis asuntos.

    Temprano levantó la muerte el vuelo,
    temprano madrugó la madrugada,
    temprano estás rodando por el suelo.

    No perdono a la muerte enamorada,
    no perdono a la vida desatenta,
    no perdono a la tierra ni a la nada.

    En mis manos levanto una tormenta
    de piedras, rayos y hachas estridentes
    sedienta de catástrofes y hambrienta.

    Quiero escarbar la tierra con los dientes,
    quiero apartar la tierra parte a parte
    a dentelladas secas y calientes.

    Quiero minar la tierra hasta encontrarte
    y besarte la noble calavera
    y desamordazarte y regresarte.

    Volverás a mi huerto y a mi higuera:
    por los altos andamios de las flores
    pajareará tu alma colmenera

    de angelicales ceras y labores.
    Volverás al arrullo de las rejas
    de los enamorados labradores.

    Alegrarás la sombra de mis cejas,
    y tu sangre se irán a cada lado
    disputando tu novia y las abejas.

    Tu corazón, ya terciopelo ajado,
    llama a un campo de almendras espumosas
    mi avariciosa voz de enamorado.

    A las aladas almas de las rosas
    del almendro de nata te requiero,
    que tenemos que hablar de muchas cosas,
    compañero del alma, compañero.

    (10 de enero de 1936)


     

      SONETO FINAL

    Por desplumar arcángeles glaciales,
    la nevada lilial de esbeltos dientes
    es condenada al llanto de las fuentes
    y al desconsuelo de los manantiales.

    Por difundir su alma en los metales,
    por dar el fuego al hierro sus orientes,
    al dolor de los yunques inclementes
    lo arrastran los herreros torrenciales.

    Al doloroso trato de la espina,
    al fatal desaliento de la rosa
    y a la acción corrosiva de la muerte

    arrojado me veo, y tanta ruina
    no es por otra desgracia ni por otra cosa
    que por quererte y sólo por quererte.
     

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Cancionero y romancero de ausencias

       

      [1]

 

    Ropas con su olor,
    paños con su aroma.
    Se alejó en su cuerpo,
    me dejó en sus ropas.
    Luchas sin calor,
    sábana de sombra.
    Se ausentó en su cuerpo.
    Se quedó en sus ropas.


     

      [2]


 

    Negros ojos negros.
    El mundo se abría
    sobre sus pestañas
    de negras distancias.
    Dorada mirada.
    El mundo se cierra
    sobre sus pestañas
    lluviosas y negras.


     

      [3]


 

    No quiso ser.

    No conoció el encuentro
    del hombre y la mujer.
    El amoroso vello
    no pudo florecer.
    Detuvo sus sentidos
    negándose a saber
    y descendieron diáfanos
    ante el amanecer.
    Vio turbio su mañana
    y se quedó en su ayer.

    No quiso ser.


     

      [4]


 

    Tus ojos parecen
    agua removida.
    ¿Qué son?

    Tus ojos parecen
    el agua más turbia
    de tu corazón.
    ¿Qué fueron? ¿Qué son?


     

      [5]


 

    En el fondo del hombre
    agua removida.

    En el agua más clara
    quiero ver la vida.

    En el fondo del hombre
    agua removida.

    En el agua más clara
    sombra sin salida.

    En el fondo del hombre
    agua removida.


     

      [6]


 

    El cementerio está cerca
    de donde tú y yo dormimos,
    entre nopales azules;
    pitas azules y niños
    que gritan vívidamente
    si un muerto nubla el camino.
    De aquí al cementerio, todo
    es azul, dorado, límpido.
    Cuatro pasos, y los muertos.
    Cuatro pasos, y los vivos.
    Límpido, azul y dorado,
    se hace allí remoto el hijo.


     

      [7]


 

    Sangre remota.
    Remoto cuerpo,
    dentro de todo:
    dentro, muy dentro
    de mis pasiones,
    de mis deseos.


     

      [8]


 

    ¿Qué quiere el viento de encono
    que baja por el barranco
    y violenta las ventanas
    mientras te visto de abrazos?

    Derribarnos, arrastrarnos.

    Derribadas, arrastradas,
    las dos sangres se alejaron.
    ¿Qué sigue queriendo el viento
    cada vez más enconado?

    Separarnos.


     

    VALS DE LOS ENAMORADOS Y
    UNIDOS HASTA SIEMPRE


 

    No salieron jamás
    del vergel del abrazo.
    Y ante el rojo rosal
    de los besos rodaron.

    Huracanes quisieron
    con rencor separarlos.
    Y las hachas tajantes
    y los rígidos rayos.

    Aumentaron la tierra
    de las pálidas manos.
    Precipicios midieron,
    por el viento impulsados
    entre bocas deshechas.
    Recorrieron naufragios,
    cada vez más profundos
    en sus cuerpos, en sus brazos.
    Perseguidos, hundidos
    por un gran desamparo
    de recuerdos y lunas,
    de noviembres y marzos,
    aventados se vieron
    como polvo liviano:
    aventados se vieron,
    pero siempre abrazados.


     

      [10]


 

    Un viento ceniciento
    clama en la habitación
    donde clamaba ella
    ciñéndose a mi voz.

    Cámara solitaria,
    con el herido son
    del ceniciento viento
    clamante alrededor.

    Espejo despoblado.
    Despavorido arcón
    frente al retrato árido
    y al lecho sin calor.

    Cenizas que alborota
    el viento que no amó.

    En medio de la noche,
    la cenicienta cámara
    con viento y sin amores.


     

      [11]


 

    Como la higuera joven
    de los barrancos eras.
    Y cuando yo pasaba
    sonabas en la sierra.
    Como la higuera joven,
    resplandeciente y ciega.

    Como la higuera eres.
    Como la higuera vieja.
    Y paso, y me saludan
    silencio y hojas secas.

    Como la higuera eres
    que el rayo envejeciera.


     

      [12]


 

    El sol, la rosa y el niño
    flores de un día nacieron.
    Los de cada día son
    soles, flores, niños nuevos.

    Mañana no seré yo:
    otro será el verdadero.
    Y no seré más allá
    de quien quiera su recuerdo.

    Flor de un día es lo más grande
    al pie de lo más pequeño.
    Flor de la luz el relámpago,
    y flor del instante el tiempo.

    Entre las flores te fuiste.
    Entre las flores me quedo.


     

      [13]


 

    Besarse, mujer,
    al sol, es besarnos
    en toda la vida.
    Ascienden los labios,
    eléctricamente
    vibrantes de rayos,
    con todo el furor
    de un sol entre cuatro.
    Besarse a la luna,
    mujer, es besarnos
    en toda la muerte.
    Descienden los labios,
    con toda la luna,
    pidiendo su ocaso,
    del labio de arriba,
    del labio de abajo,
    gastada y helada
    y en cuatro pedazos.


     

      [14]


 

    Llegó tan hondo el beso
    que traspasó y emocionó los muertos.

    El beso trajo un brío
    que arrebató la boca de los vivos.

    El hondo beso grande
    sintió breves los labios al ahondarse.

    El beso aquel que quiso
    cavar los muertos y sembrar los vivos.


     

      [15]


 

    Si te perdiera ...
    Si te encontrara
    bajo la tierra.

    Bajo la tierra
    del cuerpo mío,
    siempre sedienta.


     

      [16]


 

    Cuerpo del amanecer:
    flor de la carne florida.
    Siento que no quiso ser
    más allá de flor tu vida.
    Corazón que en el tamaño
    de un día se abre y se cierra.
    La flor nunca cumple un año,
    y lo cumple bajo tierra.


     

      [17]


 

    En este campo
    estuvo el mar.
    Alguna vez volverá.
    Si alguna vez una gota
    roza este campo, este campo
    siente el recuerdo del mar.
    Alguna vez volverá.


     

      [18]


 

    Cada vez que paso
    bajo tu ventana,
    me azota el aroma
    que áun flota en tu casa.
    Cada vez que paso
    junto al cementerio
    me arrastra la fuerza
    que aún sopla en tus huesos.


     

      [19]


 

    El corazón es agua
    que se acaricia y canta.

    El corazón es puerta
    que se abre y se cierra.

    El corazón es agua
    que se remueve, arrolla,
    se arremolina, mata.


     

      [20]


 

    Tierra. La despedida
    siempre es una agonía.

    Ayer nos despedimos.
    Ayer agonizamos.
    Tierra en medio.
    Hoy morimos.


     

      [21]


 

    Por eso las estaciones
    saben a muerte, y los puertos.
    Por eso cuando partimos
    se deshojan los pañuelos.

    Cadáveres vivos somos
    en el horizonte, lejos.


     

      [22]


 

    Cada vez más presente.
    Como si un rayo raudo
    te trajera a mi pecho.
    Como un lento, rayo
    lento.
    Cada vez más ausente.
    Como si un tren lejano
    recorriera mi cuerpo.
    Como si un negro barco
    negro.


     

      [23]


 

    Si nosotros viviéramos
    lo que la rosa, con su intensidad,
    el profundo perfume de los cuerpos
    sería mucho más.

    ¡Ay, breve vida intensa
    de un día de rosales secular
    pasaste por la casa
    igual, igual, igual
    que un meteoro herido, perfumado
    de hermosura y verdad.

    La huella que has dejado es un abismo
    con ruinas de rosal
    donde un perfume que no cesa hace
    que vayan nuestros cuerpos más allá.


     

      [24]


 

    Una fotografía.
    Un cartón inexpresivo,
    envuelto por los meses
    en los rincones íntimos.

    Un agua de distancia
    quiero beber: gozar
    un fondo de fantasma.

    Un cartón me conmueve.
    Un cartón me acompaña.


     

      [25]


 

    Llegó con tres heridas:
    la del amor,
    la de la muerte,
    la de la vida.

    Con tres heridas viene:
    la de la vida,
    la del amor,
    la de la muerte.

    Con tres heridas yo:
    la de la vida,
    la de la muerte,
    la del amor.


     

      [26]


 

    Escribí en el arenal
    los tres nombres de la vida:
    vida, muerte, amor.
    Una ráfaga de mar,
    tantas claras veces ida,
    vino y nos borró.

     

      [27]


 

    Cogedme, cogedme.
    Dejadme, dejadme,
    fieras, hombres, so